Primera entrega de «Pedro Páramo» en 1954

Juan Rulfo (1917-1986), del libro "Pedro Páramo 1954" (Editorial RM, 2014).

En una carta dirigida a su entonces novia, y mucho tiempo después esposa, Clara Aparicio, y fechada el 28 de agosto de 1947, Juan Rulfo menciona por primera vez la idea de escribir una novela titulada “Una estrella junto a la luna”. Con el tiempo este título sería cambiado por “Los murmullos” (1954) y al final quedaría como “Pedro Páramo” (1955). El fragmento seleccionado corresponde al inicio de la novela, que fue publicada bajo el título de “Un cuento” en la Revista Letras Patrias en 1954.

Fui a Tuxcacuexco porque me dijeron que allá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Entonces le prometí que iría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté las manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. —“No dejes de ir a visitarlo, me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura que le dará gusto conocerte”. Y yo no pude hacer otra cosa sino decirle que sí iría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aún después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.

Todavía antes me había dicho: “No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dió… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro”.

—Así lo haré, madre.

Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de ese modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre.

Por eso fui a Tuxcacuexco.

Era tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente envenenado por el olor podrido de los garambuyos. Las hojas de la saponaria crujen y se desbaratan con el roce del viento. El sol, blanco de luz, quema las sombras escondidas bajo la hierba.

El camino sube o baja según se va o se viene; para el que va, sube, para el que viene, baja.

—¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?

—Tuxcacuexco, señor.

—¿Está seguro de que ya es Tuxcacuexco?

—Seguro, señor.

—¿Y por qué se ve esto tan triste?

—Son los tiempos, señor.

Y volvimos al silencio.

Yo trataba de ver aquello a través de los recuerdos de mi madre; de su nostalgia, entre retazos de suspiros. Siempre vivió ella suspirando por Tuxcacuexco, por el retorno; pero jamás volvió. Ahora yo vengo en su lugar. Traigo los mismos ojos con que ella miró estas cosas, porque me dio sus ojos para ver:

—“Hay allí, pasando la Sierra, desde el puerto de Los Colimotes, una vista muy hermosa de una llanura verde, algo amarilla por el maíz maduro. Desde allí se ve Tuxcacuexco blanqueando la tierra, iluminándola durante la noche”.

Y su voz era secreta, casi apagada, como si hablara consigo misma… Mi madre.

—¿Y a qué va usted a Tuxcacuexco, si se puede saber?

—Voy a ver a mi padre, contesté.

—¡Ah! dijo él.

Y volvimos al silencio.

Caminábamos cuesta abajo, oyendo el trote rebotado de los burros. Los ojos reventados por el sopor del sueño, en la canícula de agosto.

El sol caía en seco sobre la tierra.

—Bonita fiesta le va armar, volví a oir la voz del que iba allí a mi lado. Se pondrá muy contento de ver a alguien después de tantos años que nadie viene por aquí. Luego añadió: Sea usted quien sea, se alegrará de verlo.

En la reverberación del sol, bajo un cielo sin nubes, la llanura parece una laguna transparente deshecha en vapores por donde se trasluce un horizonte gris. Más allá una línea de montañas esfumadas, desvanecidas en la distancia. Y todavía más allá la más remota lejanía.

—¿Y qué trazas tiene su padre, si se puede saber?

—No lo conozco, le dije. Sólo sé que se llama Pedro Páramo.

—¡Ah! vaya.

—Sí, así me dijeron que se llamaba.

Oí otra vez el ¡ah! del arriero.

Me había encontrado con él en Los Encuentros, donde se cruzaban varios caminos. Me estuve allí esperando, hasta que al fin apareció este hombre.

—¿A dónde va usted? le pregunté.

—Voy para abajo, señor.

—¿Conoce un lugar llamado Tuxcacuexco?

—Para allá mismo voy.

Entonces lo seguí. Me figuré que era arriero por los burros que llevaba de vacío, y me fui detrás de él tratando de emparejarme a su paso. Hubo un rato en que pareció darse cuenta de que lo seguía y disminuyó la prisa de su carrera. Me miró con sus ojos entrecerrados como diciendo: ¡pobre hombre! Después los dos íbamos tan pegados que casi nos tocábamos los hombros.

—Yo también soy hijo de Pedro Páramo, me dijo.

Una bandada pasó cruzando el cielo vacío, haciendo cuar, cuar, cuar.

Ahora, enseguida de trastumbar los cerros, bajábamos cada vez más. Habíamos dejado el aire caliente allá arriba y nos íbamos hundiendo en el puro calor sin aire. Todo parecía estar quieto como en espera de algo.

—Buen calor hace aquí, dije.

—Sí. Y esto no es nada, me contestó el otro. Cálmese. Ya lo sentirá peor cuando lleguemos a Tuxcacuexco. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí mueren, regresan por su cobija.

—¿Quién es Pedro Páramo? le pregunté.

Me atreví a hacerlo porque vi en sus ojos una gota de confianza.

—¿Quién es? volví a preguntar.

—Un rencor vivo, me contestó él.

Y dió un pajuelazo contra los burros, sin necesidad, ya que los burros iban mucho más adelante que nosotros, encarrerados por la bajada.

Sentí el retrato de mi madre guardado en la bolsa de la camisa, calentándome el corazón, como si ella también sudara. Era un retrato viejo, carcomido en los bordes; pero fue el único que conocí de ella. Me lo encontré una vez en el armario de la cocina, metido en una cazuela llena de yerbas: hojas secas de toronjil, flores de castilla, ramas de ruda. Desde entonces lo guardé. Era el único. Mi madre siempre fue enemiga de retratarse. Decía que los retratos eran cosa de brujería. Y así parecía ser; porque el suyo estaba lleno de agujeros como de aguja, y en dirección del corazón tenía uno muy grande en que bien cabía el dedo del corazón.

Es el mismo que traigo aquí, pensando que podría dar buen resultado para reconocerme con mi padre.

—Mire usted, me dice el arriero deteniéndome: ¿Ve aquella loma que parece vejiga de puerco? Pos detracito de ella está la Media Luna. Ahora voltié para acá. ¿Ve la ceja de aquél cerro? Véala. Y ahora voltié para este otro lado. ¿Ve la otra ceja que casi no se ve de lo lejos que está? Bueno, eso es la Media Luna de punta a cabo. Como quien dice, toda la tierra que se puede abarcar con los ojos. Y de él es todo ese terrenal. Lo chistoso es que nuestras madres nos parieron encima de un petate, aunque éramos hijos de él. Y lo más chistoso es que él nos llevó a bautizar. Con un usted debe haber pasado lo mismo, ¿no?

—Tal vez. Yo no me acuerdo.

—¡Váyase mucho al diablo!

—¿Qué dice usted?

—Que ya estamos llegando, señor.

—Sí, ya lo veo. ¿Qué pasó aquí?

—Un correcaminos, señor. Así les dicen a esos pájaros.

—No, yo preguntaba por el pueblo, que se ven tan solo, como si estuviera abandonado. Parece que no lo habitara nadie.

—No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie.

—¿Y Pedro Páramo?

—Pedro Páramo murió hace muchos años.

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